La autoestima que nos enseñaron a mendigar

 

Una reflexión profunda sobre el valor propio, la exigencia y la herida de no sentirnos suficientes.

Por Clr. Mirian Ríos Contenido premium Autoestima, amor propio, exigencia, valor personal

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste suficiente?

No útil.
No necesaria.
No deseada.

Suficiente.

Sin tener que rendir, explicar, agradar o justificar por qué merecías estar donde estabas.

Para muchas personas, esa sensación resulta extraña. Incluso incómoda. Como si sentirse suficiente sin hacer nada especial fuera una falta, una exageración o una fantasía ingenua.

Crecimos escuchando que no había que “creérsela”, que quererse demasiado era egoísmo, que hablar bien de una misma era vanidad, que la humildad consistía en minimizarse.

Y así, casi sin darnos cuenta, muchas veces aprendimos a dudar de nosotras para no parecer soberbias. A restarnos valor para no incomodar. A buscar afuera algo que nunca nos enseñaron a construir adentro.

Por eso, cuando hablo de autoestima, no me refiero solamente a “sentirse bien con una misma” o repetir frases lindas frente al espejo.

Me refiero a algo más profundo: a la forma en que aprendiste a mirarte, a tratarte, a exigirte, a perdonarte o a abandonarte.

A veces, la autoestima deja de ser una relación interna y se vuelve algo que mendigamos: en los vínculos, en el trabajo, en las redes sociales, en la aprobación constante.

Y cuando esa validación no llega, muchas veces aparece una conclusión dolorosa:

“El problema debo ser yo.”

Pero no siempre el problema sos vos.

A veces el problema es la historia que te enseñó que tu valor dependía de cuánto dabas, cuánto soportabas, cuánto rendías o cuánto agradabas.

La autoestima real no se juega solamente en el espejo ni en una frase motivacional. Se construye en lugares mucho más profundos: en la historia personal, en los vínculos tempranos, en las heridas que moldearon la forma en que aprendimos a mirarnos.

Y también puede empezar a repararse ahí: en una mirada más honesta, más amable y más respetuosa hacia vos misma.

Dudar de vos te mantiene pequeña.

    No porque no tengas capacidad, deseo o fuerza, sino porque cuando aprendés a cuestionar tu propio valor todo el tiempo, empezás a vivir pidiendo permiso para ocupar tu lugar.

    Sentirte suficiente no significa sentirte superior.

    Significa dejar de vivir como si tuvieras que justificar tu existencia todo el tiempo.

    Es aprender a escucharte sin atacarte.
    A reconocer tus límites sin castigarte.
    A mirar tu historia sin convertirla en condena.

      La autoestima no es una frase pegada en el espejo.

        Es una práctica cotidiana de respeto hacia tu propia experiencia.

        Y quizá, en un mundo que muchas veces se beneficia de que dudes de vos, empezar a tratarte distinto sea uno de los actos más profundos de amor propio.

        Más recursos para acompañarte

          Si este texto resonó con vos, en Refugio Emocional vas a encontrar más recursos para comprender tus heridas relacionales, revisar la forma en que aprendiste a mirarte y empezar a construir vínculos más seguros con los demás y con vos misma.


          Y si sentís que necesitás un espacio más acompañado,
          también podés dar el paso de agendar una sesión.

          Share This